Lector de último día - LiberaLetras

martes, 31 de diciembre de 2013

Lector de último día


E
l último día de cada año me encierro – en la habitación en la que suelo encerrarme a leer – a  leer. Qué más da si afuera la gente grita alegre porque otro año se les termina y porque uno nuevo llega a acrecentar las esperanzas de mejora de un año malo que se va (porque siempre el año que se va es malo, o siquiera menos bueno que el venidero). Afortunadamente vivo solo; mi familia, conocedora de mi poco ánimo para celebrar lo que no se debe, ni se anima a llamarme ni escribirme. Mejor, no me gustaría hacerles más desplantes. Como decía, me encierro a leer con mi taza de café pasado (el instantáneo no tiene el honor de acompañarme en las lecturas), busco una canción adecuada para acompañarme a soñar (una costumbre que me ha llevado a identificar canciones con libros), y me desconecto. Entonces comienzo a volar sentado en la cama.

En realidad, mi rutina diaria (cuando el resto de actividades menores me lo permiten) es sentarme a leer con mi taza de café en la cama de mi habitación. Dicen que demasiada cafeína lo vuelve a uno insomne y dependiente. Dicen que demasiado leer lo vuelve a uno antisocial, soñador y algo loco (y si nadie lo ha dicho, alguien debería hacerlo). Moriré entonces, si ninguna otra enfermedad me mata, insomne y dependiente y antisocial y soñador y loco. Pocos se mueren de muchas cosas a la vez: me siento feliz y afortunado por eso. ¡A morir leyendo y bebiendo café se ha dicho!

Pero debo confesar que leer el último día del año es un poco más especial que hacerlo el resto de días. Algunos (a veces son muchos) días antes del fin de año comienzo a leer un libro que haya querido leer durante el año, pero que lecturas menores o necesarias lo impidieron. Un día antes del final del año, el treinta, me detengo en la penúltima página. Sí, reservo la última página para el último día. Estar sentado en la cama, con la taza de café en el lado derecho, sobre la mesa de noche – ¿durante el día deja de ser mesa? (en algún lugar escuché esa pregunta tonta y divertida) –, con el libro abierto entre las piernas, con las música paseándose por la habitación, subiendo por el cobertor, invadiéndolo todo: las penas, las alegrías, las pérdidas, los sueños, los deseos, la locura, el insomnio… y la última página esperando ser leída.

Leo con parsimonia, con los ojos grandotes y fijos, acuosos, con la ansiedad de un adolescente enamorado que después de seis años de amar a una chica (desde que tenía seis) se atreve a confesarle que quiere coger su mano en los recreos. Leo con la necesidad de un adicto de veinticinco años que ha consumido café desde los doce (por decir cualquier edad, los viciosos olvidamos ciertas cosas). Leo aquella última página como si en ella se encontraran las respuestas a todas las preguntas del universo, esas verdades que no se encuentran en las líneas de la acera o en las estrellas de diciembre. Respiro hondo, muy hondo; tomo un gran sorbo de café (el olor de este se confunde con el del libro), y, como si de la última taza de café que fuese a tomar se tratara, y, como si del último día de mi vida se tratara, y, como si del último libro que fuera a leer se tratara, con los ojos acuosos y la respiración ansiosa, leo las últimas letras. Y abrazo a mi libro.



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