Garúa limeña - LiberaLetras

jueves, 7 de agosto de 2014

Garúa limeña



laf plaf, caen las gotas. Se lanzan al vacío desde una altura impredecible y se estrellan contra todo lo que encuentran: la acera, el techo, las plantas, las bancas de parque solitarias, mi rostro. No hay peor cosa que estar caminando por las calles de Lima y que de pronto una minúscula gota de garúa te caiga en los labios. Al instante la maquinaria gris te hace pensar que el esputo de algún transeúnte te ha alcanzado. Al rato, distraídamente, otra, y otra, y otra, y un diluvio en escala. Y a correr, que nos empapamos todo. No hay peor cosa que eso, dicen. Yo creo que, a parte del esputo imaginario, no hay peor cosa que comience a garuar cuando llevo un libro bajo el brazo. Y si es de Bolaño la cosa se pone realmente trágica. Al cabrón nadie me lo toca, y menos la garúa.

La lluvia tiene un poder encantador, la garúa es una mera imitación. Hay diferencias abismales entre una y otra: es como comprar una película en una tienda especializada, de esas que te vienen con entrevista al director y escenas inéditas o comprar por un sol cincuenta la misma pero grabada de cine y con el llanto de un bebé como soundtrack. La garúa me gusta, pero no hay nada como la lluvia. La primera aplaca por poco tiempo mis ansias de cielo, de agua, de bautizo inmediato. Pero no es lo mismo que olvidarse el paraguas a propósito y que un aluvión te moje el rostro con malicia, como si del clímax de un amante de novelita erótica se tratara.

Las únicas veces que veo llover de verdad son en mis viajes a la Sierra. Caray, ¡qué lluvias! En esos días salgo con las zapatillas blancas, los vaqueros rasgados, una chaqueta abrigadora y con la lluvia que se cuela entre mis ropas y no me deja parpadear. En Lima la cosa es bastante patética. La lluvia primaria que se nos viene de vez en cuando no es más que un aliciente inmediato poco duradero. Y eso duele porque uno espera que la cosa cambie, pero sabe que no lo hará.

Hoy no garúa siquiera. Las calles están húmedas por la neblina. Mi caminata diaria ha sido una media hora de ausencia divina líquida. Lima es un desierto. Me siento tan Lima, a veces.



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